[Especial de Prensa: Reaching for Álvaro] Capítulo 1 : Caminen, crujan, canten

Por Pablo León.

Foto: Jorge Aceituno
Foto: Jorge Aceituno

Hacia el anochecer, comenzando el fin de semana, me empezó a rondar la idea de que ya era viernes 9 de enero. Era muy posible que Álvaro Peña ya hubiese llegado a Valparaíso. Me pregunté si aún sería muy pronto para tratar de ubicarlo; no fuera a incomodarlo. Pero yo no quería desperdiciar la oportunidad, sobre todo, de quedarme con la nueva música que seguramente traería a sus espaldas en esa delgada mochila. Así que me decidí a llamarlo al mismo teléfono de la casa del Paseo Atkinson de hace dos años atrás.

Me contestó una mujer a la que me bastó decirle que preguntaba por Álvaro Peña. Tengo entendido que llega por estos días y que… ¡Álvarooo…! Sentí la voz de la mujer llamar en un grito por el pasillo que se alargaba al otro lado del teléfono. ¡¡Álvaroooo…!! Era como si una mamá llamara a su hijo, a un niño que está en su habitación y que no la escucha porque está entretenido jugando. ¡Álvaro, teléfono! Tal vez exagero pero me pareció que aquella mujer llamaba a un niño. Un niño mayor que ella y que ya tiene 71 años.

ALVARO se puso al teléfono y dijo aló, con la naturalidad de quien ha estado siempre donde debía estar y como si la llamada no le sorprendiera para nada. Le dije mi nombre y lanzó un ¡ah! como haciendo memoria, pero seguro que no tenía idea de quién lo llamaba. En todo caso fue súper amable cuando le conté que mi intención era ir a verlo para comprarle su nueva música. Sí, sí claro, respondió. Oye le dije, pero ¿podría ser ahora mismo? Eh, bueno ya dijo él, ¿pero cuánto te vai a demorar? Media hora le aseguré, tras lo cual me cambié de ropa, tomé la plata que había separado del canto urbano en el Metro y salí a buscar un colectivo al centro.

Paseo Atkinson en la noche. Llamé otra vez por teléfono diciendo que estaba afuera. Al instante siguiente apareció en la penumbra a los pies de la escalera, con su figura delgada de cabello corto y revuelto. Nos saludamos con la familiaridad de quienes no se han visto nunca antes y pese a lo extraño de ello cada uno supiera que existe otra razón, distinta a la distancia, que nos ha hecho encontrarnos allí. Subí por la vieja escalera al segundo piso en donde había un corredor, antiguo también, lleno de coloridos adornos, figuras y papeles recortados, imágenes fotográficas y algún logotipo de ALVARO cayendo en diagonal. Lo primero que le oí decirme fue si acaso yo había visto en las noticias el atentado terrorista que los Al Kaeda perpetraron en París, hacía muy poco, matando a 3 personas entre 20 rehenes. Y me señaló la cocina al fondo del corredor, en la que había una gran mesa, sillas removidas y una televisión en lo alto con las noticias de Canal 13 anunciando lo que me acababa de comentar. No tengo idea de lo que ha pasado le dije, no veo televisión le expliqué, y él hizo una risita comprensiva diciendo ¡mejor que no la veas! Cuando ambos estuvimos sentados a la mesa, se empezó a quejar del viaje. ¡13 ½ horas desde Madrid a Santiago!, cada vez parece que el avión se demora más. ¡13 ½ horas en un avión! Había llegado a Valparaíso ese mismo día a las 9 de la mañana. Yo le expliqué que ya sabía, por Revo Marcelo, que llegaba uno de estos días y que por eso lo había tratado de contactar. Entonces fue que ALVARO algo dijo para darme a entender que era una agradable sorpresa que alguien preguntara por él el mismo día de su llegada. ¡Yo nunca me iba a imaginar que después de tantos años esta música rara a la que me he dedicado terminaría siendo reconocida! Mi mamá nunca quiso tener un músico en la familia y siempre me preguntaba ¿qué vas a hacer con la música? ¡Sí, eso era lo que me decía: vas a ser un basurero! A mi papá no le importaba mucho, pero mi mamá tenía depresión endógena y murió a los 56 años. ¡Me ha tocado actuar en muchos funerales últimamente! Se puso a recordar con gracia, pensando en los amigos que se le habían muerto el año pasado. En cambio a mí me dicen que no diga la edad que tengo porque todavía me veo bien. Entonces fue que partió a buscar sus discos y vinilos.

Cuando le conté que yo trabajaba cantando en el Metro me quedó mirando como asombrado. ¡Pero entonces tú vives de la música! Nunca tanto, le expliqué que así era como había juntado el dinero con el que pensaba comprarle sus discos. Me fue mostrando los vinilos y compactos y después de un rato separé 2 y 3 respectivamente. ¡Es increíble cuanto conocen los coleccionistas! reconoció riéndose, al contarme de cierta versión que alguien pensaba realizar de su canción El látigo de la indiferencia; entonces yo repetí el título original en inglés de esa canción, y volvió a manifestar su asombro ante lo conocida que se ha vuelto su música, sobre todo ahora con tanta tecnología a disposición. Entre tanto yo le comentaba aquí y allá sobre las distintas etapas y versiones de sus canciones, hasta que, avanzada la conversación, parece que ALVARO estimó que yo ya era de esos coleccionistas que apreciaban sinceramente su obra. Porque me dijo: tengo algo más, algo especial. Y fue y volvió a su habitación. Al regresar traía algo que puso al frente mío en la mesa y con mirada traviesa me convidó a que viera de qué se trataba. A primera vista era como un estuche café con forma de pelota de tamaño regular. Al tomarlo descubrí un cierre que había por debajo. ALVARO me miraba divirtiéndose con mi maniobra. Del interior apareció un cassette envuelto en un folleto a modo de carátula: era una edición en formato cassette de su segundo álbum, MUMS MILK NOT POWDER (Leche materna y no en polvo). ¡El estuche era una teta con un pezón chorreando leche! Unos amigos fans de su música se lo habían regalado. ¡Es un cassette objeto! le comenté sin salir de la impresión. Lo agregué al arsenal de música que yo había separado para llevarme. Por mientras, ALVARO siguió hablando: la gente me pregunta ¿cómo hiciste esto, como hiciste esto otro? Y lo que pasa es que ¡en el arte la única regla es que no hay reglas! Los músicos con los que trabajo me exigen mucho, me piden cosas de calidad en lo que hago, así que yo ando todo el día pensando en una música o en una letra para que salga algo bueno. En ese momento se había quedado de pie, y tanto en su rostro como en el ademán de la mano yo notaba que lo que me decía era muy cierto y era también algo muy serio: ésa era la vida de Álvaro Peña, imaginar e imaginar constantemente nuevas canciones y letras, o darle vueltas a una misma canción y transformarla en otra cosa.

Tal vez fue a esa altura que él se detuvo para decirme: Bueno, tú dime cuánto cuesta lo que te vas a llevar. Ya, ¿y cuánto me podís dar por el cassette? ¿Me podís dar tanto por todo? Yo no dudé en sacar la plata y se la alargué por encima de la mesa y ambos convinimos en una sonrisa; te lo tienes ganado le dije yo, estrechándole la mano con el dinero, te lo tenís bien ganado, y ALVARO otra vez dijo algo así como qué bueno es ver que la gente valora todo esto; pero lo que yo sentí es que se alegraba de que alguien interesado en su obra hubiese llegado a visitarlo. Si la gente supiera que el trabajo que yo había conseguido en Londres no era nada en comparación con lo que viví después, en la famosa movida punk en los squats (casas ocupa); yo dejé un trabajo de redactor publicitario muy bueno, a cambio del sueño que tenía de ser músico. Pero es verdad eso del Rolls Royce le pregunté, sí me contestó ALVARO, yo iba a ser algo así como Gerente Director de la agencia publicitaria más grande de Inglaterra, iba a ganar MUCHA PLATA: mi familia entonces dijo que Álvaro se había vuelto loco… las drogas lo que hacen es ponerte en un plano artificial, yo nunca he probado ninguna droga; tú no las tomes me dijo, aunque ya era un poco tarde para su consejo. Y al final también me dijo: yo como con esto, refiriéndose a la venta de sus álbumes, y se acordó de patéticos ejemplos de músicos que sin querer habían cedido los derechos de sus canciones que después se harían famosas. Entonces nos paramos de la mesa.

 

 

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