[Especial de Prensa: Reaching for Álvaro] Capítulo 2: Zapato Corazón Cabeza Cola

Por Pablo León.

Foto: Jorge Aceituno
Foto: Jorge Aceituno

     A las 7 de la tarde llegué a la casa de Revo Marcelo, en la parte alta del sector de Santa Elena, pasada la fábrica Costa, en ese sector residencial de hermosas casas antiguas con jardines herrumbrados. Me bajé de la micro en Avda. Argentina con Colón y caminé calle arriba.

Revo Marcelo y Álvaro Peña llegaron 15 minutos después. Venían acompañados de una pareja de documentalistas interesados en registrar la estadía de ALVARO aquí en nuestro país. Apenas se bajaron del auto ALVARO asomó su figura delgada y avanzó hacia donde yo estaba diciéndome ¡Hola hombre! ¿Cómo te fue con la música hoy día? Y en seguida me contó que, por lo visto, había hecho hacía poco un viaje en Metro, en el que tuvo ocasión de escuchar ‘esa canción que habla de la pobreza’. Según fue hablando supe que esa canción no podía ser otra que Valparaíso del Gitano Rodríguez, personaje para el que tuvo palabras de largo reconocimiento. Pero lo central en ese primer instante fue la anécdota del viaje en Metro que él pasó a referirme: un diálogo con un pasajero a propósito de esa canción, tras lo cual ALVARO le había explicado que con el Gitano habían sido compañeros de colegio y que él mismo, Álvaro Peña, era un músico independiente de amplia trayectoria. Entonces el pasajero, suponiendo que una carrera tal conllevaría cierta calidad de vida, le preguntó ¿Y su auto (y su poder adquisitivo) dónde está? Pregunta que se contraponía a la emblemática pobreza de una canción archiconocida que había escuchado en el viaje en tren, a lo que ALVARO no pudo menos que reaccionar con la carcajada característica que a veces suelta sin querer. Ésa era la anécdota… Después se detuvo al comienzo de la vieja escala a oler el color lila de unas enredaderas que florecían en las murallas. Volvió a hacer lo mismo en el jardín de la casa de Revo Marcelo, suspirando y manifestando que tanta naturaleza en flor le maravillaba.

Apenas ingresamos al salón tuvo otras palabras de admiración para el estilo de la construcción de la casa, así como para todo el barrio aledaño a la fábrica Costa que acababan de atravesar en auto. Casas todas que conservaban el gusto de hace un siglo atrás, el gusto por la forma y por los espacios generosos. Yo le hice notar el colorido tan variado que se observa en varios barrios porteños como algo destacable y valioso; pero él lo tomó por el sentido contrario y dijo que tanto color verde amarillo y rojo no correspondían con nuestra idiosincrasia: Todos esos colores vienen de afuera, del trópico, y no nos pertenecen. ¡Somos fomes aquí en Chile, no hay nada que hacerle! Por eso es que había que encender la rutina con coloridos introducidos desde el exterior.

Nos acomodamos en el salón. Revo Marcelo les enseñaba su estudio a los documentalistas y luego comenzó el ajetreo para preparar la once. Entonces reparé en la vestimenta de ALVARO: de sus pies calzados con el par de zapatos negros ingleses cuyos cordones rematan en el clásico par de corazoncitos rojos, subía un par de elegantes pantalones negros. Y en la parte superior más arriba de las rodillas, caían por encima unos short azules: encima de los pantalones elegantes, unos short que más bien parecían ropa de hacer gimnasia. Sobre la camisa gris impecable se puso un suéter color arcilla, con cuello alto y líneas verdes en los bordes; un suéter con la insignia pequeñita de un golfista a un lado del pecho. La percha era la humanidad de un ciudadano del mundo cuyo nombre civil era Álvaro Peña, que en ese momento se paseaba preguntando cómo llamar por teléfono a Santiago, pellizcando unos duraznos, subiendo al baño del segundo piso. La conversación de la once hizo honor al cosmopolitismo reunido en torno a la mesa, en una ciudad como Valparaíso que, pese a su franco abandono, había sido cosmopolita desde sus mismos orígenes. Casi todo lo que se había servido venía de afuera, preferentemente de Europa, salvo las paltas que habían crecido aquí en Chile. El té, el café, el pan y el queso habían visto la luz en tierras lejanas, aunque el pan lo hubiesen comprado en el almacén de la esquina. Esto fue lo que se trató de explicar en buena parte de la conversación. Y no había más. Después, al ponernos de pie, nos ocupamos del asunto que nos había congregado verdaderamente.

Al fondo del patio de aquella antigua gran casa se sube a un cuarto que Revo Marcelo se hizo construir para poner allí su sala de ensayo. Marcelo tenía que empezar por aprenderse las líneas del bajo de un par de canciones que ALVARO seleccionó para su concierto de fin de mes. La pareja documentalista desenfundó sus atriles, cámaras y micrófonos, mientras Revo Marcelo ajustaba el teclado y la voz principal. Tomó un tiempo dar con la frecuencia requerida. ALVARO probó algunas de sus canciones al piano, se puso los guantes blancos, se los sacó y pidió más peso al sonido del piano; se quejó de que cuando canta aquí en Chile siempre lo acecha el problema de cantar en inglés o en castellano, porque me oyó a mí comentar que prefería la versión de Casi casi gané a su más reciente versión llamada I have been won. Admití de todos modos que esta última versión, solo con piano, era mucho más íntima, casi una canción distinta. ¡Pero si es otra canción totalmente distinta! dijo ALVARO abriendo así los ojos; entonces vio a Revo Marcelo con el bajo presto entre sus manos y decidieron arrancar con el ensayo.

Lo más práctico era partir viendo cómo iba la canción La repetición mata, pues no lleva piano, y ALVARO fue indicándole a Marcelo la figura rítmica de las dos melodías que se alternan en ese tema. Lo hacía batiendo las palmas o llevando la figura del PA PA PA PA PÁ con la boca. Tienes que pulsar la cuerda de manera corta y seca, le explicaba. Cuando esa primera parte estuvo lista, pasaron a la segunda figura, ‘y aquí el tema va bajando en un RATATATATÁ cada vez más lento, y al final están todos muertos. Así, bien, muy bien, RATATATATÁ, ahora más lento y al final todos muertos’. La repetición mata. Lo que sucedió después marcó para mí la prueba de fuego. ¿Podría yo ser el Roadie Oficial de ALVARO en Chile? Pablito, súbele el atril del micrófono, bájale el atril del micrófono… oye dije yo, ¿pero cómo se hace? Así poh, toma el atril de arriba y gira ESO hasta apretarlo. Lo hice para un lado, para el otro lado: igual no apreté nunca nada. Así está bien me dijo ALVARO, pero después dejó el atril y no volvió a ocuparlo. La siguiente canción fue El stress; las indicaciones ahora iban en una melodía al piano y el bajo debía responderle; eran viarias partes, varios fraseos dibujados con éxito por la práctica de la canción varias veces de principio a fin. A continuación Revo Marcelo puso, en el computador, las pistas de algunas canciones que ellos habían grabado para el LP ALVARO 70 YEARS. Eran bases trabajadas por pistas, lo que facilitó el ensayo. Sonaron: Pajaritos – Manquehue; Mañana y She’s so pretty. Entonces de pronto ALVARO pidió que subieran el volumen a la música, y Revo Marcelo, que ya conocía bien estas líneas del bajo, no tuvo que recibir instrucciones sino sólo ejecutar el instrumento.

Entonces, liberado de dirigir el ensayo, con las bases retumbando en ese cuarto una y otra vez, Álvaro Peña se transformó. Pajaritos – Manquehue fue el comienzo, el anuncio del groove electro-rarífico que testimoniaba un trago amargo del viaje anterior el año 2013. Lloré y lloré y llorey / de Pajaritos a Manquehue / dijeron que era chileno / dijeron que era alemán / qué lo que no ‘dijieron’. Es buena esta música dijo ALVARO, todavía en posesión de sí mismo, aunque ya sin indicarle ni decirle nada a nadie. Cuando vino Mañana y su trance de arrebol digital, fue cuando perdimos por largo rato a ALVARO en el vértigo de la música: Hoy no se fía / mañana sí. Rodillas flexionadas. El micrófono trepidando entre dos manos juntas como en una oración, que asimismo se separaban para que la cabeza se inclinase ante el ritmo. Es el mañana que me va a matar, y desplegando los brazos hacia adelante, ALVARO nadaba en el aire, rasgando la partitura que entraba a sus oídos, entornaba la cara para entregarse a esa aventura que él mismo había compuesto pero que en ese momento reconocía como la dueña de su alma. Cuando toda su boca murmuraba Mañana será otro día ya no cabía duda de ello.

Con She’s so pretty sobrevino un ritmo en que, a cada vuelta, a ALVARO le parecía que el micrófono que él acercaba al amplificador devolvía un aullido saturado que le quedaba perfecto a la música. El aullido del acople lo hacía sonreír y miraba a Revo Marcelo con complicidad. El hechizo ya no volvió a apoderarse de su cuerpo pero sí lo tenía claramente dominado por la voz, llegando a una nota que casi se le quebraba en la garganta. Todo esto era un simple ensayo; pero ALVARO se estaba jugando poco menos que la vida o la leyenda a sus espaldas para demostrar, por un arcaico y extraño deporte, que esa música era el soundtrack, la banda sonora del misterio invisible que lo mantenía de pie, el fondo insondable al otro lado de la simpleza con que había hecho sus canciones y con que, de paso, había hecho su vida. No era poco. Era un alma pura que se entregaba a algo que posiblemente lo hacía olvidarse y sacudirse todos sus años de edad, obedeciendo a ese agujero blanco de sonido que se tragaba el tiempo. La pureza era lo que permitía la transmutación, el viaje en el que un hombre se transformaba en sí mismo, sin cambiar pero cambiándolo todo. Muy buen ensayo volvió a decir Álvaro Peña cuando la música cesó y consintió en devolverlo a esa habitación de madera donde la electricidad había tensado la atmósfera.

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