[Especial de Prensa: Reaching for Álvaro] Capítulo 4: CORAZON CALIENTE

Por Pablo León.

     Centro Cultural Patio Volantín. Fue mientras Los Sillas Musicales probaban sonido cuando Revo Marcelo se me acercó para preguntarme por Álvaro Peña. Ya estábamos en la hora y habíamos esperado suficiente. Entonces Marcelo me alargó su teléfono, llamando a la casa del Paseo Atkinson. Me contestó la misma mujer que el 9 de enero pasado había dado grandes voces al teléfono. Esta vez ocurrió igual. Como una mamá llamando a su hijo que juega en su dormitorio, la escuché gritar: ¡Álvaroooo…! En ese instante comprendí que todavía estaba en casa. Estábamos atrasados y él no había pensado aún en partir para acá. Le expliqué la situación: ya era la hora del concierto, estábamos todos en el Patio Volantín y lo estábamos esperando a él para empezar. Ya, me dijo ALVARO, ¿pero cómo llego allá? Por lo visto, el clásico problema del porteño que no sabe dar con este o aquel rincón de la ciudad no termina nunca. Consideré la situación en menos de un segundo. Yo te voy a buscar le dije, vente a la esquina de Bellavista con Esmeralda. En la esquina hay una farmacia Cruz Verde. Yo te estaré esperando allí. Muy bien contestó ALVARO, salgo para allá inmediatamente.

Viernes pasadas las 8 de la tarde en el centro de la ciudad. Era ese momento de la jornada en que medio Valparaíso está regresando a casa, mientras la otra mitad viene saliendo de sus casas para agolparse en las terrazas de los bares y restoranes. Es decir, había mucha gente copando las veredas como hormigas. En la esquina de Bellavista se sumaba el barullo de la locomoción, el ruido y el resuello del tráfico mezclado a las voces de la gente por encima de las cabezas cruzando la calle sin cesar. De súbito pensé que tal vez me había puesto de acuerdo con ALVARO muy a la ligera y temí no encontrarnos a tiempo: la intersección de esa esquina no era Bellavista con Esmeralda, sino que con Condell. De pie en la entrada de la farmacia atisbaba preocupado hacia el mar de gente. ¿Por dónde llegaría ALVARO? Por Condell seguramente; sí pero ¿a pie, en trolley o en micro? No había cómo saberlo, él había salido ya de casa y sólo quedaba esperar a que apareciera pronto, sano y salvo en medio de este Valparaíso en movimiento que ignoraba totalmente el concierto que tendría lugar esa noche.

Deben haber transcurrido 20 minutos. Poco después de que crucé la vereda hacia el paradero de buses, la misma cara que da vueltas en la Cara A del vinilo REACHING FOR THE MASSES apareció en la esquina, encontrándome él a mí antes que yo a él: Álvaro Peña-Rojas. Pensé que no te había dicho claramente dónde te estaría esperando, le expliqué, subiendo ya por Ecuador. Pero si la farmacia Cruz Verde está allá al frente me respondió, como queriendo decir que ése era el punto de referencia infalible. ¿A dónde tenemos que ir ahora? me preguntó inocentemente. Por aquí, derecho para arriba le dije. Entonces pasamos por la plazuela Ecuador y ALVARO volvió a admirarse de lo ordenados que estaban los paraderos de los colectivos, con sus letreros y los pasajeros haciendo fila como corresponde. Esto antes era un caos, recordó. Después pasamos por afuera del Templo Govinda, al que alguna vez, según él, había venido a almorzar. El problema es que hacen la comida demasiado condimentada, había dicho la otra vez, y por eso ahora almorzaba en otro restorán vegetariano-naturista. Yo le comenté que cierta vez, ahí en el Govinda, pedí un puré de alcachofas. ALVARO dijo: las alcachofas son una de las cosas más peligrosas que hay, las puntas de las hojas a veces se cuelan mal molidas y se te pueden clavar en la garganta, explicó, como si no bastara con ser vegetariano y hubiese que guardarse de las espinas de la naturaleza. El resto del ascenso a pie por la Subida Ecuador fue para recordar la presentación que hizo hace años en el Bar Emile Dubois, desaparecido para variar, muerto y sepultado como el sueño del santo criminal del que el bar había tomado el nombre. Y que la próxima semana estaría lleno de compromisos, reuniones y grabaciones a las que lo habían empujado con entusiasmo; y si no surgía ningún otro evento digno de su presencia seguramente volaría de regreso a Alemania el próximo fin de semana.

En el Patio Volantín ya funcionaba el horno con las empanadas y el pan amasado; el público ya se había ubicado en las gradas de madera y los demás músicos y sonidistas tenían todo a un tris de comenzar. Los perros, los arbustos del cerro, la noche misma esperaban en un silencio expectante. Revo Marcelo saludó a ALVARO y lo condujo a la habitación contigua donde podría estar, descansar y servirse algo si quería. Sólo pidió una taza de té sin azúcar y nos quedamos ahí. Afuera en el escenario daban inicio al concierto Los Sillas Musicales.

Me senté al lado de él y lo oí hablarme en tanto la música y los aplausos llegaban del otro lado. Yo no como nada antes de cantar me explicó, sólo tomo té, porque de lo contrario me pongo a salivar mucho; tampoco vocalizo ni caliento la garganta como los demás cantantes, solamente hablo, me pongo a hablar, decía, poniendo en práctica lo que acababa de afirmar, carraspeando de vez en cuando. Tal vez fue el hecho de volver a presentarse en Valparaíso lo que le hizo evocar aquella oportunidad en que, con un grupo de poetas y artistas, formó parte de una performance, allá por los 90’s seguramente, cuando de su obra se conocía mucho menos que hoy, en que tal actividad no hizo más que irritar y ofender al auditorio de entonces: ALVARO y alguien más habían salido al escenario vestidos con trajes de mujer, como travestis ordinarios después de un acto teatral. ¡Homosexual!, vociferaban, ¡¡degenerado!!, me contaba que le gritaron aquella vez; y me puse a cantar Tonteras, mi vida está llena de tonteras, y toda esa gente creyó que yo me estaba burlando de ellos con esa canción. Allí fue cuando me escupieron, me llenaron con pollos y los pobres metaleros con el pelo hasta aquí me defendieron, hicieron una cadena humana a mi alrededor; ellos quedaron llenos de escupos también porque el público parecía indignado y se querían subir al escenario: por lo menos me querían matar recordaba ALVARO, como si todos los años transcurridos no hubiesen conseguido borrar la incógnita que suscitó aquel desencuentro suyo con la gente de su propio país que apenas lo había escuchado. Y él, a pesar de lo terrible del episodio, lo evocaba no sin ingenuidad: esa noche me quedé con mis amigos cantando boleros hasta tarde, y cuando me fui para la casa no me bañé ni me quité los escupos, me acosté así con ropa y todo me dijo, porque no habría sido posible sacarme de encima esos escupos ni aunque me hubiese metido a la ducha.

Después que me contó todo esto llegó por fin el momento esperado de la noche. Me pidió que pegara con scotch uno de sus lienzos hechos con un saco de harina en el teclado, y la hoja con el repertorio al lado.

Álvaro Peña salió al escenario recibido por unos aplausos tan autogestionados como todos los que allí se brindan a los artistas independientes más jóvenes. Sólo que él nos lleva poco más de 30 años de carrera de ventaja y experiencia. Una alegría tocar contigo le manifestó después, en medio del concierto, Doctor 800XL, eres un ejemplo para los músicos que queremos llegar a viejo como tú. Ah bueno, dijo ALVARO, yo soy vegetariano, no fumo ni bebo alcohol, y me acuesto a las 8… ¡¡Ah nos cagaste al tiro!! Dijo Doctor 800XL entre risas. ALVARO partió a capella con ¡Oiga!, emulando el pregón de los vendedores del mercado mientras se ponía sus guantes blancos. A continuación, Valparaíso, arpegiado en el teclado, como el más claro ejemplo de la vigencia y consecuencia de un artista fiel a su actitud y a su estilo, desde esa canción inaugural hasta el presente, en medio de lo cual tanta agua había corrido bajo el puente del mundo, tejiendo su leyenda subterránea tan exaltada como despreciada. Valparaíso y Tonteras fueron acaso los momentos más intensos porque nos ofrendaban la ternura sincera y espontánea de un par de clásicos que han sabido resistir los embates del tiempo y de la vida. Luego subieron Revo Marcelo y Doctor 800XL, enmascarados como para la lucha libre, encubriendo su identidad de Silla Musical. La atmósfera dio paso al ritmo electrónico que acompaña el lema apátrida y del equidistante extranjero en que se ha convertido Álvaro Peña, cantado en Pajaritos – Manquehue. Ni chileno, ni alemán ni porteño. Lloré y lloré y lloréy, el membrete mínimo de su pertenencia. Bye Bye, una canción que recuerda y saluda el tiempo de las casas ocupa en Londres, con una guitarra de pulcritud inglesa. Pero nada decaería entonces porque la batería digital liberó la flor animal que, al ritmo de El Stress, apareció de adentro de ALVARO, lo transformó y se apoderó de él una vez más. Un fierro, delante del escenario, ofició de caño farandulero para un Álvaro Peña que, dando vueltas, abrazado, se quejaba como llorando sin lágrimas, sin hacer teatro, sinceramente. ¡¡El stress de esta canción me tiene loco!!, y se quedaba con la boca abierta en ese gesto de dolor que ni el más punketa de los neopunks tendría corazón para cantar. Dulcemente derrotado, con el micrófono captando sus ojos apretados, concentrando el dominio de la música sobre su persona. ‘La música es su única droga’ me comentó mi amigo Cristian Quinta Justa. Abajo, en los primeros peldaños, un muchacho lo presenciaba mudo, con una mano crispada sobre la boca, conteniendo la impresión.

La Repetición Mata y She’s so Pretty replicaron los momentos clásicos y electrónicos que testimoniaron el paso de esteoutsider de la música, que su mayoría de edad venía a confirmar. El concierto terminó, pero en el salón en el que habíamos estado, la mitad del público quiso compartir de cerca con ALVARO, que puso sus vinilos y compactos en el suelo y preguntaba cuánto costaban a quienes querían comprarlos. Bueno decía, al acordar un precio con alguien, no me los quiero llevar a la tumba, y así fue dejando contentos a sus seguidores esa noche, hasta que todos se fueron y a todos les decía que la tocata había estado maravillosa y él lo había pasado muy bien. Todos se fueron, y entonces con ALVARO, su hijo, su nuera y su nieto bajamos hasta Bellavista con Condell, donde nos despedimos. ¿Tú tienes todo el nuevo material?, me preguntó. Ah qué bueno, tú eres de esas personas que debe tenerlo. Y me dijo adiós.

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